La Invitación de la Resurrección

Ra’al Ki Victorieux

Mateo, Marcos, Lucas y Juan nos relatan la resurrección de Jesús, ¿de qué nos hablan?, ¿cómo esta antigua enseñanza puede resonar con nuestros conflictos de hoy en día? La historia cuenta que después de la crucifixión y el viacrucis, Jesucristo fue enterrado. Entonces, los sacerdotes y fariseos se reunieron con Pilato, para solicitar que la tumba fuera custodiada, “no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten y digan al pueblo ‘Resucitó de entre los muertos’.” Pasa el sabbat, y al amanecer del primer día de la semana, María de Magdala, más conocida como María Magnalena y la otra María fueron al sepulcro, entonces se produjo un terremoto. Un ángel descendió del cielo, removió la piedra y se sentó sobre ella. Los guardias entonces quedaron paralizados, y el ángel le dijo a las mujeres “No teman, ustedes”.

Si consideramos que cada uno de nosotros tiene un Dios interior, y este muchas veces lo hemos escondido por miedo a nuestra propia luz, lo hemos negado, incluso sepultado bajo tierra… Es entendible que la resurrección de nuestra verdadera esencia cause un temblor, una sacudida. Entonces las viejas estructuras se derrumban, los prejuicios, los juicios severos, las limitaciones, la hipocresía, la falsa inocencia, los temores y la zona de confort dejan de existir… así nacen las estrellas, así se hace la luz y la vida. Descubrir la fe, la fortaleza interior, la divinidad, es un acto de valientes, es una labor del alma. Y tal vez entonces, un ángel se acercará a nosotros y nos dirá “no temas, no es el final, al contrario, es un maravilloso comienzo”.

La Invitación de la Resurrección

En el evangelio de Mateo, se nos cuenta que el ángel afirma: “Sé que buscas a Jesús el crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo.” El muerto, el crucificado no existe más que en la memoria. A partir de la resurrección Jesús es otro, es el momento en que es un ser más allá de la muerte, que desciende a los infiernos, sube a la tierra y asciende a los cielos, que logra la magnífica alquimia.

Cuando somos conscientes de nosotros mismos, nos damos cuenta que uno es ese que nos observa, y otro el que observamos… ¿Quién entonces es este que yo he pensado toda mi vida que soy “yo”, ese “yo” que a veces ya no aguanto más, esa víctima y victimario, ese crucificado cuerpo que interpreto entre depresiones y violencias?, y más importante aún, ¿quién es ese punto de conciencia que Yo Soy, observando ese “viejo yo”? Encontremos nuestra magnífica resurrección espiritual, comprobemos que somos seres inmortales, nos rindamos a la brillantez de nuestra propia luz. Nuestra alma ha atravesado diversas vidas y cuerpos, dimensiones y planetas, la eternidad y el infinito, no hay ninguna razón para temer cuando logramos ser uno con nuestra alma superior.

Los guardias dan testimonio a los sacerdotes de lo que ha sucedido, y estas autoridades les pagan para declarar que los discípulos hurtaron el cuerpo mientras ellos dormían. Las mujeres van a contar lo que han visto a los apóstoles, y estos se dirigen a una montaña para encontrar a Cristo, quien entonces les motiva a expandir la luz: “Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra. Por tanto, id, de todas las naciones haced discípulos, bautizándolos en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he prescrito. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del tiempo.”

También podemos hacer una pausa y recordar lo que las diversas religiones o escuelas espirituales nos cuentan en relación a la muerte, el sacrificio, la conciencia, la resurrección, la unidad espiritual, el servicio para que notas cada vez más elevadas puedan entrar en la vida humana, trayendo luz, amor, y alegría y libertad.

La cima de una montaña es el centro de aquello que somos, nuestros diversos cuerpos, identidades a lo largo de innumerables vidas, los legados de los ancestros, del planeta, y aún más. Es en ese centro de la inmensidad que somos que debemos recordar el poder que representa la vida que se nos otorga. Tenemos el albedrío, la libertad de elegir poner nuestros días al servicio de la luz, el amor y la paz, o de renunciar a nuestro propio esplendor. Podemos reconocer que siempre somos una multitud, que constantemente el amor del planeta y de los cielos nos habitan para que lo compartamos con nuestro entorno, o ignorar nuestra riqueza. Elegir la luz, la vida, es el camino que la resurrección nos presenta e invita a seguir. Todos somos apóstoles de la mejor versión que podemos llegar a ser, que somos, que sólo nos pide que nos liberemos de la colección de sombras y harapos, viacrucis, crucifixiones, tumbas, aislamientos y lutos, con los que nos hemos encariñado. Démonos la oportunidad de ser nuevos, de ser infinitamente amorosos, impresionantemente luminosos, plenos de gracia. Esa es la invitación de la pascua. Algunos trabajaran por sus vecinos, otros por la educación, o por aliviar el hambre, dar un mejor trato a los animalitos, o por la educación en los derechos humanos universales, o por tantas otras buenas causas. Mientras más personas sean conscientes de su potencial, lo despierten y actúen en consecuencia, nuestras sociedades serán un mejor lugar para vivir.

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