@eshuertajavier Javier Huerta
La Virgen de Guadalupe integra cultura y fe en México, simbolizando la “Conquista espiritual”. Un legado transformador que aún convoca a miles. 🙏🌺 #VirgenDeGuadalupe #CulturaMéxico #Historia #Fe #Milagros https://wp.me/p3JLEZ-7dz
La historia de la Virgen de Guadalupe no solo es un relato de fe, sino un fascinante entrelazado de cultura, identidad y transformación social en México. Este fenómeno, que ha perdurado a lo largo de los siglos, invita a cada lector a reflexionar sobre cómo la devoción y los relatos asociados a esta figura mariana han moldeado no solo la espiritualidad del pueblo mexicano, sino también su historia y tradiciones. Sumérgete en este viaje que revela la profundidad del legado guadalupano, un legado que sigue convocando a miles de feligreses cada año, y descubre cómo estos relatos siguen resonando en la vida cotidiana y la conciencia colectiva de una nación. ¡No pierdas la oportunidad de explorar esta rica herencia cultural y espiritual!

Una de las historias con más arraigo dentro de la cultura de México es el de la Virgen de Guadalupe. Su historia, desde su aparición, marcó una gran influencia política y social dentro de la sociedad de su época, marcando un antes y un después de la vida durante la colonia, convirtiéndose en un hito en la llamada “Conquista espiritual” sobre la alteridad indígena, la cual se dio de manera gradual, comenzando por procesos de una reeducación velada, tras las encomiendas, congregaciones, entre otros métodos. ¿pero como se dio este proceso?
El intelecto y astucia de los religiosos fue puesto a prueba, para lograr hacer llegar el nuevo credo, al igual que la creación de contra historias cargadas de divinidad. La cosmovisión indígena era de suma importancia, pues llenaba los requisitos de grupos sociales acostumbrados a regirse por los devenires y los azares que les propiciaba su condición y espacio temporal.
La estructura devocional del nuevo culto, fue abriéndose paso a la par de la creación de historias fundacionales híbridas, pues los evangelizadores se enfocaron ávidamente en rescatar todo tipo de relatos, y tradiciones de la oralidad indígena, amasando así, un compendio con el que nutrir de identidad, a la recién creada congregación indiana. El indígena pasó de ser el protagonista ideal a convertirse en el católico modelo, a costa de que su verdadera historia se viese perdida en el tiempo y opacada por la nueva, incluso descrita de manera latinizante, dejando atrás los símbolos y pictogramas de sus ancestros.
Fray Gerónimo de Mendieta en sus crónicas de la historia eclesiástica indiana, narra lo siguiente:
“Entre los mesmos indios, los niños hijos de los grandes y principales nos dan muy buena esperanza de su salud espiritual. Son éstos instruidos de nuestros frailes, y en vida y costumbres religiosamente criados en nuestros conventos, que casi veinte tenemos ya edificados con muy fuerte devoción por manos de los mesmos indios. En otras casas que también han edificado junto a nuestros conventos, tenemos más de quinientos niños, en unas poco menos, y en otras muchos más, los cuales están ya instruidos en la doctrina cristiana.”
Fragmentos como el anteriormente citado, son una constante, ejemplificando de manera fiel el nuevo impulso de la evangelización, entre las nuevas generaciones de indígenas, siempre bajo un marcado tesón, donde las jóvenes mentes fueran moldeándose a la imagen y semejanza de los cánones europeos.
Son contados los ejemplos de portentos que lograron alcanzar notoriedad en su tiempo, pues distaban mucho de lo que era la realidad de estos, ya que lejos de ser una generación de guerreros egresados del calmécac, como aquellos que siglos después buscarían mostrarnos los discursos nacionalistas, eran más bien intelectuales, versados en diversas artes e idiomas, cultivados a sobre manera en los colegios de la santa cruz de Tlatelolco.
Así, dispuestos a pelear contra la idolatría y respetar los designios de la iglesia, surge esta nueva generación, entre las que destacan: Antonio Valeriano, indígena proveniente de una familia respetable, aunque algunos autores de la época lo describen como carente de nobleza, más no de sabiduría. Ayudante y miembro del equipo evangelizador de Fray Bernardino de Sahagún, quien los describe de esta manera en su Historia general de las nuevas cosas, junto con otros notables jóvenes que ayudarían a su vez a crear un nuevo rumbo:
“El principal y más sabio fue Antonio Valeriano, vecino de Azcapotzalco; otro poco menos que éste fue Alonso Vegerano vecino de Cuauhtitlan; otro fue Martín Jacovita (…) Otro, Pedro de San Buenaventura, vecino de Cuauhtitlan; todos expertos en tres lenguas, latina, española e indiana. Los escribanos que sacaron de buena letra todas las obras son Diego de Grado, vecino de Tlatelolco, del Barrio de la Concepción; Bonifacio Maximiliano, vecino de Tlatelolco, del barrio de San Martin; Mateo Severino, vecino de Xochimilco.”
De esta forma, la conquista espiritual por medio de la culturización, se vio enfocada a llenar los resquicios dejados por la violenta intervención de la conquista, para pasar a convertirse en un método, no menos efectivo, pero si profundo en cuento a la creación de nuevas conciencias, arrasando a los pocos renuentes que carecían de herramientas gestoras con las que rescatar viejas costumbres e historias, que del mismo modo, eran desconocidas o turbulentas, y de las cuales era muy difícil diferenciar lo real de lo aprendido de los evangelizadores.
Es bien sabido que los conquistadores españoles, en especial los más ilustrados, eran conscientes de esto, pues provenían de un contexto bastante azaroso, un proceso de conquista por parte de los árabes que duró poco más de ochocientos años, y en el que la cultura jugase un papel fundamental consolidado al imperio Al-Ándaluz por sobre los reinos de Europa. Hecho que sin duda marcaría un parteaguas de la encarnizada lucha que años después, los españoles sostendrían por la castellanización en el llamado nuevo mundo.
Resulta importante revisar la historia y tener un poco de contexto acerca de la historia que marcaría la diferencia. En circunstancias de unificación de reinos y gobernanza de la Europa antigua, en especial de España, después de la expulsión de los árabes de España, cobró fuerza la tarea de retomar la creación de un constructo ideológico y de fe. Y es ahí, en este escenario, donde nace la historia que nos atañe realmente y que trascendería tiempo después hasta nuestros días.
La de la Virgen de la Guadalupe, o de Guadalupe de Extremadura, atribuida su fabricación a San Lucas, quien la tallase en madera de cedro en un taller en Palestina, trajo consigo toda una carga de misticismo, propio de la época, y necesario a su vez para elevar la moral que tanta falta hacía en su momento a un reino recién conformado y que corría el riesgo de ser disuelto, si un hecho poco importante no transcurría en el momento oportuno.
El relato que acompaña al descubrimiento de dicha imagen de esta virgen, se convierte en algo crucial, en el que a Gil Santamaría de Albornoz, también conocido como Gil Cordero, humilde vaquero y vecino de Cáceres, descubre enterrada la antes mencionada imagen de la virgen, luego de que esta se le apareciera, para alertarlo de que su efigie se encontraba enterrada a orillas del rio Wādi al-Lubb, (del Árabe Wādi – Rio y al prefijo -Lubb- Oculto, tomando el nombre de este río, guad-al-lupe.
Aunado a una serie de milagros subsecuentes, entre los que destacan su aparición en la batalla del Salado, batalla librada contra musulmanes que pretendían reconquistar el territorio perdido ante los cristianos, dando el triunfo a estos últimos bajo un halo de protección divina, y que a su vez daría también un fortalecimiento al reinado de Alfonso XI.
Por lo tanto, la fe hacia la advocación a la Virgen, no tardó en cruzar fronteras con el descubrimiento de nuevos territorios, dónde a su vez se forjaría el ideal de obtención de territorios dedicados a Dios, y donde lo ajeno a esto sería simple idolatría, siendo exaltada en textos de la época que recorrerían el llamado nuevo y viejo mundo.
Así mismo, el intercambio artístico enseñado en los colegios, dio paso a nuevas creaciones iconográficas de suma importancia. Al igual que creaciones de corte narrativo, poético y religioso que comenzaron a imperar por los nuevos territorios, pero aunque la ilustración evangelizadora pareciera haber tenido el efecto deseado, no sostenía por completo el frágil andamiaje de un territorio tan extenso, cuya gobernabilidad se veía turbada, no por otros imperios, si no por algo más íntimo, sus pobladores.
Lo tardío de las distancias trasatlánticas, y las historias de los santos y de gestas de corte caballeresco no terminaban por encajar en el confundido nuevo pueblo, que se limitaba a escuchar las historias y los sermones de la élite intelectual de su momento. De poco servía el conocer la historias recabadas por Fernando de Alva Ixtlilxochitl, si solo terminaba bajo llave.
He aquí que un sermón comenzó a tener gran relevancia, el sermón se titula: Huei tlamahuiçoltica omonexitì in ilhuicac tlàtòcaçihuapilli Santa Maria totlaçònantzin Guadalupe in nican huei altepenahuac Mexìco itocayòcan Tepeyacac (El gran acontecimiento con que se le apareció María Guadalupe, en el lugar nombrado Tepeyacac).
Dicho sermón comenzó a tener cierta notoriedad, pues relata en su mayoría, parte de un suceso único, que comienza a divulgarse por su abreviatura de Huei tlamahuiçoltica,o simplemente, El gran acontecimiento, causando conmoción por su contenido entre la feligresía novohispana, ya que relataba a su vez una historia que quizás, había sido escuchada con anterioridad por boca de los evangelizadores, pero que esta vez se presentaba en su idioma, mostrando características no muy lejanas a las descritas por los relatos incompletos de una cosmovisión que parecía quedar olvidada.
Parte de este sermón, correspondía a un relato escrito por Antonio Valeriano, nombrado anteriormente como asistente de Fray Bernardino de Sahagún, y al que se le adjudica la creación y participación en la creación del códice Florentino. Dicho texto lleva por nombre Nikan mopohua, (Aquí se cuenta), y que se resume de manera subtitulada: motekpana, in kenin yankuikan ueytlamauisoltika monexiti in senkiska ichpochtli Sankta Maria Dios Inantsin tosiuapilatokatsin, in onkan Tepeyakak, moteneua Guadalupe. (Aquí se cuenta, se ordena, cómo hace poco, milagrosamente se apareció la perfecta virgen santa María Madre de Dios, nuestra reina, allá en el Tepeyac, de renombre Guadalupe.). Para continuar.
Akattopa kimottititsino se maseualtsintli itoka Juan Diego; Au santenpan monexiti in Itlasoixiptlatsin in ixpan yankuikan Obispo Don Fray Juan de Zumarraga. (Primero se hizo ver de un indito, su nombre Juan Diego; y después se apareció su Preciosa Imagen delante del reciente Obispo Don Fray Juan de Zumárraga.).
La conveniente relación entre la advocación mariana, que se parecía enormemente al relato de la guadalupana extremeña, y que se presentaba como a aquel humilde pastor, otrora un humilde indígena de nombre Juan Diego, y al que no solo le hablaba en su idioma, para pedirle adoración, tocó fibras muy sensibles entre los habitantes, que por vez primera y después de veinte años de acontecido el hecho, pues se atribuye la aparición de la virgen de Guadalupe a Juan Diego al año de 1531, mientras que el texto de Valeriano data de 1545, dio paso a la curiosidad antes que a la fervorosa devoción como la conocemos, pues de manera gradual, y a la constante difusión del Huei tlamahuiçoltica, fue tomando relevancia, al grado de causar conflictos entre evangelizadores, por divulgar dicho sermón, el más conocido fue entre Fray Alfonso de Montufar , quien dedicó gran parte de su labor a su difusión, y Fray Francisco de Bustamante, quien lo acusaba de querer crear nuevas ordenanzas, ajenas a las establecidas por el canon hispano, a costa de la difusión del milagro guadalupano.
Bustamante sostenía que no era bueno el difundir este tipo de textos y sermones al vulgo, sobre todo si contaban con una enorme carga mística, en al que se atribuía un toque milagroso a una pintura que quizás fue pintada por un joven Indio, estudiante de nombre Marcos Cipac de Aquino, egresado del colegio de San José de los naturales, y al que gracias a su gran talento, se le confiaron tareas de suma importancia, para decorar varios recintos novohispanos y cuyos archivos pictóricos, quedaron en su mayoría perdidos de la pinacoteca virreynal, salvo muy contados ejemplos.
A pesar de ello, las constantes apariciones, milagros y revelaciones adjudicadas a la Virgen de Guadalupe novohispana, comenzaron a crecer, entre el mito, la leyenda y la atribución de algunos a viejos dioses y diosas mesoamericanos, causando tal fenómeno donde no solo humildes indígenas o criollos, eran los protagonistas, pues también figuras importantes de su momento se vieron envueltos en la gracia milagrosa de la guadalupana, trascendiendo fronteras, como lo relata Juan Suárez de Peralta, quien narra en uno de sus textos lo siguiente.
“Llegó el virrey a Nuestra Señora de Guadalupe de México. A cada pueblo que llegaba le hacían muchos recibimientos, como se suele hacer a todos los virreyes que a la tierra vienen, y así llegó a Nuestra Señora de Guadalupe, que es una imagen devotísima, que está de México como dos legüechuelas, la cual ha hecho muchos milagros (apareciose entre unos riscos, y a esta devoción acude toda la tierra), y de allí entró en México, y aquel día se le hizo gran fiesta de a caballo, con libreas de seda, que fue una escaramuza de muchos de a caballo, muy costosa.”
Así la devoción a la virgen de Guadalupe, refundó un nuevo culto, rompiendo las barreras del idioma, de las castas, mostrando por vez primera ante los ojos de todos una estabilidad o punto de encuentro en común entre los claroscuros de un sinfín de historias, reivindicaciones, cruzadas y guerras, lo que si queda en claro, es que los elementos para la formulación de un acontecimiento clave, que milagro o no, continúa convocando año con año a miles de feligreses, curiosos y demás a involucrase a conocer el misterio del fenómeno Guadalupano.
Bibliografía.
- Sahagún, Bernardino de (1829). Carlos María de Bustamante, ed. Historia general de las cosas de Nueva España. Tomo Primero: Libros I – IV. México: Impr. del ciudadano A. Valdés.
- Valeriano Antonio (2000). “Nican mopohua”. México: El Colegio Nacional: Fondo de Cultura Económica. ISBN 968-16-6209-1.
- Brading, David (2001). Mexican Phoenix: Our Lady of Guadalupe: Image and Tradition Across Five Centuries (2002 edición). Cambridge: Cambridge University Press. ISBN 0-521-80131-1.
- De Mendieta Gerónimo (1971). Historia eclesiástica indiana. México: Editorial Porrúa: ISBN. 9789700735665
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