Oración a Nuestra Señora del Refugio

Ra’al Ki Victorieux

¡Oh María! Amor inagotable de mi vida, esperanza en mi destierro, consuelo en mis dolores. ¿Cómo dirigirte mi plegaria con un corazón henchido de pasiones? ¿Cómo llamarte mi refugio?, ¿cómo haz de oír las voces de quien ha errado, y experimenta culpa?, ¿cómo te han de agradar las quejas de un corazón lastimado, herido, cuando estás oyendo diariamente millares de querubines pulsar sus arpas de oro?

Más… acuérdate, Señora, que no hay ni habrá generación que no te ensalce; por esto perdona al pobre pecador, que sólo amarte sabe… Tú, Madre bondadosa, no te olvides del que llora en este triste momento; conduce a éste devoto hasta la tierra prometida… Tú, Virgen divina, recoge una por una las lágrimas que vierto y conviértelas en límpidos raudales.

Sé mi asilo seguro cuando cualquiera haga tronar en contra mía su rayo vengador. Sé mi escudo fuerte que embote las saetas lanzadas contra este hijo que te adora. Tú fuiste la aurora de purísimos colores en la primavera de mi vida. Tú eres el sol de medio día en mi edad encantadora… y, cuando ésta termine, sé Tú mi crepúsculo y mi estrella. Si pienso en el fin de mi existencia, tiemblo y me confundo; me falta el valor, dulcísima María y sólo Tú podrás ser mi único refugio, mi única esperanza.

¡No me abandones, no me niegues Tu protección en aflicción tan grande! Si ahora sufro en mi incertidumbre, cómo no sufriré entonces. Pero si Tú me visitas en mi dolor profundo enjugarás como Madre cariñosa, el lloro amargo de mis ojos.

Con tu amor, Virgen Santa, gratas me serán las penas y más grata me será la misma muerte. Más antes, ¡oh! Purísima Criatura, retira de mí el dolor de mis pecados, y vuelve a mi corazón la calma y la paz de la gracia. Y, desde el cielo donde moras, dirígeme una mirada que me anime y me defienda a fin de que, después de haberte amado, consiga la dicha de verte en el Paraíso Celestial.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús.

Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén.

Ave María

Oh dulce Virgen del Refugio, madre de Jesús y amada madre mía, concédeme, oh Reina del Cielo, que nunca se aparten de mi corazón el temor y el amor de tu Hijo Santísimo, que por tantos beneficios recibidos y por recibir, no por mis méritos, sino por la largueza de Tu piedad, no cese de alabarte, con humildes acciones de gracias;

que a las innumerables culpas cometidas suceda una leal y sincera confesión y un firmísimo arrepentimiento, y finalmente, que logre merecer Tu gracia y misericordia, sobre todo en esta gran necesidad que ahora me causa aflicción e intranquilidad: (pedir lo que se desea recibir).

Suplico también, ¡oh puerta del cielo y abogada de pecadores!, no consientas que jamás me aleje y desvíe de la fe, pero particularmente que, en la hora postrera, me mantenga contigo abrazado. Que si el enemigo esforzare sus astucias, no me abandone Tu misericordia y Tu gran piedad.

Por la confianza que tengo en ti puesta, alcánzame el perdón de todos mis pecados. Por tu Sagrado Corazón, y el de Jesús, tu Santísimo Hijo, permite que yo viva y muera gustando las delicias de Tu santo amor.

Gracias, gracias, gracias.

Amén. Om. Así sea.

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