Un Amor Pequeño y una Gran Apatía

Ra’al Ki Victorieux

Alejandro Gándara publicó en el 2004 “Un Amor Pequeño“, una novela con acentos sarcásticos. Su protagonista es Ruy, un brillante físico quien ha escrito en relación a las etnomatemáticas o matemáticas salvajes, y renuncia a su vida: a su carrera, a su matrimonio, y se “refugia” en un rutinario y poco exigente empleo de “zopilote”; es decir, de liquidador de empresas. Se dirige a un negocio que ha quebrado por idealista, por dedicarse a una labor cultural en la cual ni al estado le interesa aventurarse: editar libros con contenido. ¡Vaya! Textos poco entretenidos y de pensamiento abstracto, de esos que permiten los avances en la historia de la humanidad. El proceso de auditoría y liquidación en ocasiones pasa por el embargo. Ruy se ha convertido en un testigo de la miseria humana. ¿Cómo reaccionan los involucrados al momento del fin? La solidaridad, la autocrítica y la generosidad, como era de esperarse, brillan por su ausencia. Son moneda común actitudes desangeladas y desesperadas, como la clásica escena del visionario que no quiere dejar partir las miserias sobrantes. Un socio de corpulencia de ropero, a pesar de encontrarse en medio de un embargo, sólo piensa en que necesita tres mil pesos para remodelar el baño porque se lo prometió a su mujer. Tampoco falta la burla a la “frivolidad femenina” de una ejecutiva “soberbia” con ropa de diseñador, quien vive en su propio mundo. O el retrato abnegado de una muerta de hambre. El autor mantiene un nivel de corrosividad sutil, en una apatía políticamente correcta. Es deprimente leer un desglose tan minucioso de uno de los peores estados emocionales. En ocasiones encontramos un gancho de lenguaje, una mentada, y esto refresca un poco el ambiente, ya que la ira es una emoción de mayor vitalidad.

Un Amor Pequeño y una Gran Apatía

“Quizá todos los que tratan con la mierda acaban por tener líos con la pureza. Y son peligrosos”. Esta cita ataca a los que se han arrastrado en la desgracia y defiende la pureza, ¿o a los puritanos, es el autor en sí un moralino? Este pensamiento dicotómico tal vez no está considerando a los delincuentes de cuello blanco, que por muy inmaculados que parezcan sus atuendos y entornos, están hasta el cuello en excremento moral. José Alejandro Gándara Sancho (nacido en Santander, Cantabria, en 1957) es un escritor y profesor español. Ha publicado más de una docena de libros, se dedica a la academia, y por diversos factores podríamos considerarlo un conservador. Cuando afirma “El loco incendiario se redime mediante su locura, mientras el fracasado no se redime de ninguna manera”, refuerza el mito de que algunos psicópatas incendiarios podrían ser inocentes, y culpabiliza al fracasado o improductivo, lo que es un discurso semejante a cualquier capitalista que carece de empatía frente a las pocas oportunidades de libertad y prosperidad para grandes sectores de la población actual. Probablemente la urgencia de hacer juicios que muestra Gándara, detona en mí la necesidad de revisitar sus sentencias. La literatura no es sólo aquello de lo qué se escribe, sino también el cómo se escribe. Sin embargo, más allá de la discusión entre la relevancia de forma y fondo en los libros, considero importante preguntarnos ¿qué nos vende el autor?, ¿cuál es la ideología que nos presenta?, ¿lo hace de una forma en que denuncia y por tanto está en contra aquello que retrata, o por lo contrario nos intenta convencer de adoptar una manera particular con la cual leer el mundo?

— “Tengo derecho a saber dónde estoy y a qué me enfrento. -dijo, con la copa entre las manos-.

— No quiero ofender a nadie. Las cosas han llegado a cierto punto y eso es todo. Ojalá no hubieran llegado”.

El ritmo de “Un Amor Pequeño” es lento, contagiado de la apatía de los personajes y su miseria. Charles Bukowski decía que si de revolcarse en la mierda se trata, hay que hacerlo con estilo. Pareciera que Gándara considera necesario unificar la temática del derrumbe con un ritmo al estilo de una cámara lenta. Esto podría aburrir y repeler a las audiencias acostumbradas a productos del entretenimiento cada vez más ágiles, audiovisuales veloces, zapping, música feroz… Al ignorar estas grandes audiencias juveniles, contemporáneas, ¿escribe entonces para sus contemporáneos, para algunos enfrentados a la vejez o a la quiebra, quienes tal vez desean sentirse menos abandonados al encontrarse entre sus letras? En resumidas cuentas, lo que sucede en esta obra de Gándara es “que no pasa nada”, que el tiempo es lento, y el amor es pequeño…. y esa es la triste historia.

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